Por Daniel Olguin Reguera
“Murió Cacho”. Ese fue el SMS que recibí el 31 de mayo de 2007 de un compañero del Conservatorio de Música de Mercedes. En aquellos tiempos yo vivía en la ciudad y así me enteraba de la muerte de Cacho Tirao.
Recuerdo que inmediatamente llamé a la casa de Jorge Labanca. Me atendió su esposa y fue ella quien terminó de confirmarme la noticia.
Cacho Tirao tenía 66 años y detrás quedaban décadas de una trayectoria inmensa junto a figuras fundamentales como Astor Piazzolla, además de una obra propia que lo convirtió en referencia indiscutida de la guitarra popular. Pero acaso los años más conmovedores de su vida fueron también los más difíciles: aquellos que comenzaron el 16 de diciembre de 2000, cuando un accidente cerebrovascular amenazó con arrebatarle para siempre aquello que había definido toda su existencia: la guitarra.
Para muchos, la historia parecía terminada. Pero para Cacho, no.
Años después, durante un emotivo homenaje en Berazategui, su ciudad querida, el músico recordó aquel momento con una mezcla de dolor, humor y fe. Contó que el médico Roberto Favaloro – sobrino de René Favaloro – le había dicho a su esposa que probablemente no volvería a tocar nunca más. Entonces, con la sencillez que siempre lo caracterizó, lanzó una frase que resumía toda su voluntad de seguir viviendo: “Gracias a Dios se equivocó”.
Aquella mañana en Berazategui no fue solamente un reconocimiento público. Fue, quizás, la escena más humana de Cacho Tirao. Lejos del virtuosismo deslumbrante que lo convirtió en uno de los guitarristas argentinos más admirados del mundo, apareció el hombre. El vecino. El hijo. El amigo. El abuelo emocionado hasta las lágrimas.
“No tengo por qué detenerlas tampoco”, dijo al quebrarse frente al público. “Es de hombre llorar un poquito”. Y lloraba por muchas cosas juntas.
Por los amigos de juventud. Por los veranos eternos de barrio. Por el “negro Magoya”. Por su padre, Emilio Tirao, quien le enseñó guitarra y dejó también su nombre grabado en una calle de Hudson. Por Berazategui, esa ciudad a la que definía como una hermandad: “Somos todos hermanitos de Berazategui”. Pero también lloraba porque estaba volviendo.
En aquel acto anunció la salida de un disco grabado antes del ACV, habló de nuevos proyectos y contó que estaba armando otra vez un grupo de siete músicos para regresar a los escenarios. Soñaba incluso con llevar el espectáculo a España y Estados Unidos. Había algo profundamente conmovedor en esa obstinación de seguir imaginando el futuro después del derrumbe físico.
Y todavía había más. Con enormes dificultades motrices, Cacho volvió a tocar en público. Presentó entonces una composición nueva dedicada a su esposa Teresa, compañera inseparable de toda la vida. La obra llevaba un nombre imposible de separar de su propia historia: Teresa, mi renacer. Ese título terminó diciendo mucho más de lo que quizá imaginaba.
Porque el último tramo de la vida de Cacho Tirao no estuvo marcado solamente por el reconocimiento a una carrera extraordinaria junto a figuras como Astor Piazzolla. Tampoco únicamente por los escenarios internacionales, los discos o el prestigio ganado durante décadas.
Su último gran legado fue otro.
Fue la decisión de volver a tocar cuando parecía imposible.
Fue la emoción sin máscaras.
Fue la fragilidad convertida en música.
Fue entender que, incluso después de la caída, todavía podía existir un renacer.
Daniel Olguin Reguera. Guitarrista, compositor



