Gíntoli y De Elía deleitaron al público con su “Noche de Tangos” en el Auditorio del Colegio Nacional.
Por Susana Spano
El invierno caía sobre la ciudad con todo su rigor. La noche era helada. Aun así, el salón del Colegio Nacional volvió a convertirse en un lugar de encuentro, para quienes respondieron a la propuesta de Pro Arte Mercedes 2026 con una “Noche de Tango”.
No parece casual que el itinerario musical reuniera obras como: Recuerdo, Sueño de Juventud, Fuimos, Años de Soledad, Uno, Desde el Alma, Nocturna o Adiós Nonino. Más que nombres de tangos, parecen capítulos de una misma historia, la del tiempo que pasa, la evocación, la pérdida y esa nostalgia que constituye una de las fibras más profundas de nuestra música ciudadana.
El programa alternó dos lenguajes: el de los tangos nacidos con letra y los estrictamente concebidos como música instrumental – Piazzolla –, dialogando con toda la tradición anterior.
Las adaptaciones de Oscar De Elía revelaron un profundo conocimiento del lenguaje tanguero, evitando caer en la tentación de reproducir el sonido de una orquesta típica. Por el contrario, concibieron cada obra desde las posibilidades expresivas de un dúo de cámara, respetando el espíritu de cada tango, sin resignar riqueza armónica ni profundidad emocional, abriendo un espacio para que el violín asumiera naturalmente una función narrativa.

Rafael Gíntoli no se limitó a ejecutar las melodías: les devolvió la palabra. Su interpretación, de admirable naturalidad, permitió que cada tango conservara su condición de relato y su violín tomó como propias, las voces de Discépolo, Manzi, Cobián y Cadícamo, con un fraseo que tuvo momentos conmovedores.
Un capítulo aparte merecen las interpretaciones de Nocturna y La Cumparsita, donde ambos pusieron de manifiesto una técnica excepcional, siempre subordinada a la expresión musical. Nocturna se convirtió en un diálogo de alto vuelo entre piano y violín, donde cada uno encontró su espacio para el lucimiento, sin quebrar la unidad del discurso. En La Cumparsita, quizá la adaptación más audaz del programa, Rafael Gíntoli desplegó la maestría que distingue su trayectoria: el fraseo impecable, un vibrato expresivo, delicados pasajes en pizzicato y un rubato medido, puestos siempre al servicio del carácter de la obra.

Las páginas de Piazzolla, sabiamente colocadas en el programa, encontraron en Gíntoli y De Elía intérpretes capaces de comprender que su música no admite concesiones. Lejos de acentuar el dramatismo o el virtuosismo que suele asociarse a su obra, privilegiaron la claridad del discurso y la intensidad expresiva. Así, Oblivion y Adiós Nonino alcanzaron una profundidad conmovedora, donde cada silencio, cada inflexión del fraseo y cada matiz parecieron adquirir un significado propio.
Afuera, la noche era helada. En el salón del Colegio Nacional, en cambio, los aplausos y los ¡Bravo! resonaban con una calidez ajena a la temperatura. El sábado 4 de julio fue una de esas noches en las que músicos de la talla de Rafael Gíntoli y Oscar De Elía, transformaron un concierto en un acontecimiento único, irrepetible y, sobre todo, inolvidable.
Fotos: Mario Landi
Filmación y edición: Marcelo Uncal


