Frente a la encrucijada de un país fragmentado, empobrecido y alienado en su mirada como Nación (como conjunto soberano, hoy inexistente) la postulación presidencial de Axel Kicillof en 2027 se presenta como el verdadero y único vehículo para restablecer el equilibrio democrático.
Por Juan Martín “Vasco” Andrés
La encrucijada que enfrenta la República Argentina de cara al horizonte de 2027 no admite simplificaciones ni alianzas inservibles. Tras el severo quiebre sobre la idea del Estado y la aniquilación social que supuso el modelo libertario –radicalizado, ciego y deshumanizado– el pacto social distributivo necesario para la cohesión nacional, necesita reinventarse. O mejor aún, volver a sus fuentes populares. Regresar al debate profundo, pero a la vez con acciones inmediatas. En este complejo escenario político, más bien acéfalo y sin norte confiable, la figura de Axel Kicillof emerge no como una opción de coyuntura, sino como la síntesis técnica y política capaz de sostener una alternativa viable frente a la fragmentación del tejido social. Pero antes de apostar por un hombre –uno más de los que dieron esperanzas y dijeron “no los voy a defraudar”, debemos comprender la aptitud institucional de Kicillof. Eso exige un repaso riguroso de su trayectoria, de sus aptitudes técnico-políticas y de sus habilidades de gobernanza, alejadas de la mera regla partidaria. Su formación como doctor en Economía por la Universidad de Buenos Aires y su posterior desempeño en el Ministerio de Economía de la Nación sentaron las bases de una visión macroeconómica que ya supo demostrar el equilibrio de un eje fundamental: el buen criterio en el concepto de producción e inversión nacional, unidos a la inclusión social y la organización social de base.
No obstante ello, es su experiencia al frente de la Provincia de Buenos Aires el factor que valida su aptitud presidencial. Gobernar el distrito más complejo, populoso y asimétrico de la Argentina durante dos períodos consecutivos, bajo condiciones de asfixia financiera externa e interna, constituye un laboratorio de gestión sin parangón. ¿Qué mejor credencial para la magistratura nacional que haber administrado con cohesión el epicentro de las tensiones socioeconómicas del país?
Esta maduración política coincide con un fenómeno concurrente en la coyuntura actual: la evidente acefalía estructural que atraviesa el peronismo de la Era Milei. La carencia de una conducción unificada ha sumido al principal movimiento de oposición en una parálisis deliberativa (incluso ni eso). En este escenario de dispersión y retirada, la esperanza en otros liderazgos parece imposible. Y me refiero a candidaturas sólidas, pero ahora neutralizadas por la vía judicial y el lawfare organizado desde Washington (específicamente el de Cristina Fernández de Kirchner). Si bien Cristina conserva una innegable legitimidad histórica y una inspiradora marca identitaria justicialista, parece haber alcanzado un límite insalvable. Nuestro Poder Judicial hoy está doctrinalmente secuestrado por la Embajada estadounidense y ello afecta el núcleo para construir una nueva hegemonía liderada por Cristina. Ya a finales del siglo XIX, el sociólogo y politólogo alemán Max Weber explicaba que el liderazgo carismático debe, eventualmente, dar paso a la racionalización institucional para que un proyecto político no perezca con su fundador. Eso, hablando sin academicismos, significa que “sin cuadros formados, toda transformación muere con su impulsor.” Le pasó a Rafael Correa en Ecuador y a Evo Morales en Bolivia.
Pero Axel Kicillof representa precisamente esa transición: la evolución desde el dogma de la lealtad personalista (el amor genuino hacia Cristina) hacia una conducción basada en la racionalidad técnica y el federalismo real. La postulación de Axel no implica una claudicación de los principios históricos de la verticalidad peronista, sino su indispensable actualización para un electorado desencantado con las viejas confrontaciones internas.
La urgencia de esta renovación necesaria se acentúa al vislumbrar el futuro inmediato y tenebroso de nuestro país. Si las fuerzas sociales populares no logran vertebrar una propuesta sólida en torno a Kicillof y se prolonga la hegemonía del actual modelo de desregulación extrema y genocidios encubiertos (jubilados sin medicinas, discapacidad sin asistencia, comedores barriales sin comida y enfermos complejos sin cobertura estatal) la Argentina se encamina hacia una transformación estructural irreversible. A una colonia. A un Estado-satélite para uso y abuso del norte rico.
¿Es posible concebir la supervivencia de la industria nacional y de la clase media, bajo un esquema de desmantelamiento crónico del Estado? El análisis más evidente sugiere que la continuidad de las políticas actuales derivaría en una economía profundamente dual, similar a los procesos de desindustrialización sufridos por países de Europa durante las privatizaciones masivas en la década de los ‘70 y ‘80. Algo que se aplicó en nuestra región en los ’90, con Menem como referente argentino.
Frente a la encrucijada de un país fragmentado, empobrecido y alienado en su mirada como Nación (como conjunto soberano, hoy inexistente) la postulación presidencial de Axel Kicillof en 2027 se presenta como el vehículo único y verdadero para restablecer el equilibrio democrático. Estoy convencido de que Axel personifica la solvencia técnica que demanda el siglo XXI con la defensa de la cohesión social. Por eso la candidatura de Axel trasciende el propio marco del peronismo. Se trata de supervivencia nacional. De resguardo social. De recuperar un Estado integrador y fuerte, hoy carcomido por topos infames que están demoliendo los cimientos que supieron construir los fundadores de la Argentina. Milei es un heraldo de muerte. Axel, su antítesis. El antídoto más potente que hoy existe para que Milei cese en su locura destructiva.


