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El precio del privilegio: Infierno de pobres, paraíso de ricos

¿Es el capitalismo su propia y última crisis? La pregunta resuena mientras observamos un sistema que, en nombre de la salvación, suele reforzar las mismas estructuras que lo llevan al borde del abismo.

Por Jorge Guevara

Como aquel príncipe siciliano de 1860 que, ante la revolución, propuso: “Para que todo quede como está, todo debe cambiar”. Es la lógica del cambio aparente, una farsa que Mariano Moreno ya vislumbraba al advertir sobre el riesgo de “mudar de tiranos sin destruir la tiranía”.

Desde nuestra génesis como nación, esta dinámica se ha repetido: los gobiernos se suceden, pero los privilegios no solo persisten, se consolidan para unos pocos, mientras la pobreza se dispara exponencialmente para millones, alcanzando hoy una cifra vergonzante. La historia enseña que el abuso de los poderosos y sus “obscenos privilegios”, sostenidos a costa del pueblo, suele ser el germen de su propia caída.

El núcleo del problema es una concentración de riqueza y poder que nunca “derrama”. Se necesita con urgencia una ley tributaria justa, donde pague más quien más tiene. Hoy, en Argentina, un paquete de polenta paga el mismo impuesto que una botella de champagne de lujo. Algunos magnates, como Warren Buffett –tercera fortuna mundial-, intuyen el pe-ligro de esta inequidad y piden no ser “mimados”. Buffet revela que paga proporcionalmente mucho menos impuestos que sus empleados, gracias a reglas hechas a la medida de la plutocracia.

Aquí, la concentración es extrema: el 0.1% de los terratenientes posee 40% de la tierra. Frente a este latifundio, existen más de 6.400 barrios populares donde la vida transcurre sin servicios básicos: el 99% sin gas, el 92% sin agua corriente, el 97% sin cloacas.

Cinco millones de personas sobreviven en estas condiciones, en tierras que paradójicamente pagan impuestos altos, mientras grandes propietarios, como los Benetton, litigan por deudas impositivas argumentando que “el mantenimiento les cuesta mucho dinero”.

La violencia para proteger estos intereses no es metáfora. Basta recordar el desalojo en Ledesma (2011), con saldo de muertos y heridos, que terminó con una expropiación mínima para los ocupantes y un perdón fiscal para los Blaquier, una de las 50 familias más ricas del país.

En vísperas de cada elección, resurge el espectáculo del político con gesto adusto y puño en alto, proclamándose defensor de los humildes. Pero su accionar suele ser el de una Guardia Pretoriana moderna: protegiendo bajo su discurso que nadie toque los intereses de los privilegiados. Ya en el siglo XIX, Víctor Hugo lo resumía con crudeza: “El paraíso de los ricos está hecho con el infierno de los pobres”.

La evidencia se acumula. La pregunta que queda, incómoda e inevitable, es: ¿Cambiará algún día esta ecuación, o solo se reformulará para que todo siga igual?

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