El mercedino que convirtió cada obstáculo en entrenamiento y cada advertencia en desafío • Desde los primeros cerros en Córdoba hasta las noches de frío extremo y el día de cumbre marcado por el peligro constante.
Marcelo Simionato siempre tuvo una atracción especial por los paisajes y los viajes. En cada visita a Córdoba, se internaba más en las sierras, buscando cerros de 1.000 o 1.200 metros que lo mantenían ocupado toda una tarde. “Me di cuenta de que me gustaba mucho y lo empecé a tomar de otra manera, ya con otros compromisos, comprando calzado y ropa adecuada”, recordó. Así comenzó un camino que lo llevaría a desafíos cada vez mayores, como el trekking al famoso “avión de los uruguayos”, experiencia que lo marcó profundamente.
El sueño del Aconcagua
Un día, la idea del Aconcagua apareció en su cabeza. Las respuestas que recibió fueron desalentadoras: “Loco, tené cuidado, hacete un seguro de vida, eso no es para cualquiera”. Pero Marcelo tiene una forma particular de enfrentar la vida: “Todas las cosas pálidas las convierto en desafío. Yo siempre pensé en estar entre los que hacen cumbre, no entre los que se quedan en el camino”.
Con esa convicción, comenzó a hablar con montañistas experimentados, quienes le advirtieron sobre el frío extremo, el cansancio, las noches sin dormir y la falta de comodidades básicas. Lejos de intimidarse, decidió entrenar cada aspecto de lo que sería su expedición.
Centinela de piedra
El Aconcagua, ubicado en la provincia de Mendoza, es la montaña más alta de América y del hemisferio occidental, con 6.962 metros sobre el nivel del mar. Forma parte del circuito de las “Siete Cumbres”, que reúne las montañas más altas de cada continente, y es considerado un ícono del montañismo mundial.
Su nombre se cree que proviene del quechua Akon kahuak (“centinela de piedra”) o del aymara Kon-Kawa (“monte nevado”). El área está protegida dentro del Parque Provincial Aconcagua, que abarca más de 65.000 hectáreas de la Cordillera Principal.
La primera ascensión registrada fue el 14 de enero de 1897, cuando el guía suizo Matthias Zurbriggen alcanzó la cima en solitario, marcando el inicio del montañismo continental en América. Desde entonces, miles de expedicionarios de todo el mundo buscan repetir la hazaña cada temporada.
El ascenso, más que técnico, es un desafío de resistencia física y mental: exige aclimatación, preparación y enfrentar riesgos como el mal agudo de montaña, vientos de más de 100 km/h y temperaturas bajo cero.
El entrenamiento físico y mental
La preparación de Marcelo no fue improvisada. Diseñó un plan junto a su familia —que al principio no estaba de acuerdo— y con la ayuda de su amigo y preparador Fabricio Velasco. “Le dije: Fabri, tengo esto en la cabeza. Quiero saber si me das una mano. Y él se copó de inmediato”. También se sumó su hijo Valentino, quien le marcó rutinas de gimnasio, y especialistas como el nutricionista Walter Piaggio y la deportóloga Lara Mancussi, que lo ayudaron a superar problemas de energía en altura.
El entrenamiento implicó cambios drásticos en su vida cotidiana: dejó el alcohol, redujo al mínimo las reuniones con amigos y ajustó su alimentación. “Pasé de juntarme tres veces por semana a hacerlo una vez cada dos meses. Todo para proyectarme directamente en esto”, explicó.
Incluso entrenó en Mercedes, cargando un bidón de 20 litros de agua en su mochila para simular el peso que soportaría en la montaña. “Era un entrenamiento muy casero, pero me dio muchos resultados”, aseguró.
Desafiar el frío y la incomodidad
Uno de los aspectos más duros fue entrenar para el frío. En pleno invierno, el 30 de julio, decidió armar una carpa en la cumbre del Champaquí para simular las condiciones extremas. “Ese día hizo mucho, mucho frío. Fui con un amigo de Córdoba que me bancó a morir. Entrenamos el frío y también el apetito, comer lo que había en ese momento”.
Pero la preparación fue más allá: entrenó incluso la incomodidad de las rutinas básicas en la montaña. “En el Aconcagua tenés que juntar tu materia fecal en una bolsa. Yo lo empecé a hacer en otras montañas para perderle el asco. Todo eso te va carcomiendo psicológicamente, y yo quería llegar preparado”.
El inicio del ascenso: el día cero
El “día cero” marca el comienzo de la aventura. Marcelo lo describe como jornadas interminables: “Arrancás a las seis o siete de la mañana y caminás hasta las ocho o nueve de la noche. Todos los días son largos, muy largos”. La aproximación exige cargar mochilas pesadas, soportar el cansancio y convivir con la incomodidad absoluta.
No hay baños, no hay duchas, no hay agua caliente. La comida se reduce a lo que se puede preparar rápido, sentado sobre una piedra y con el frío calando los huesos. “Todo lo que imaginás de comodidad es lo contrario”, resumió.
A medida que la altura aumenta, los problemas se multiplican: falta de oxígeno, insomnio, pérdida del apetito. “Después de los 4.000 metros se pone muy bravo. No podés respirar bien, no podés hablar continuo. El cuerpo lo va adoptando lentamente, pero te desgasta”, explicó.
El día de cumbre
La jornada decisiva comienza a las tres de la madrugada. El grupo de Marcelo caminó durante casi diez horas hasta alcanzar la cima a las 12:49 del mediodía. El trayecto estuvo marcado por vientos intensos y cornisas de nieve con desniveles de 300 o 400 metros. “Si te caés ahí, no te para nadie. Tenés que caminar con mucha seguridad, cero relajación”, recordó.
El frío, aunque “no tan intenso” según él, alcanzó los 18 grados bajo cero. Muchos se dieron vuelta antes de llegar, vencidos por el vértigo, el pánico o el agotamiento.
La cumbre se ve siempre lejana, y la mente juega su propia batalla: “Decís ¿yo puedo o no puedo? Está comprobadísimo que solo el 25 % de los que arrancan desde abajo llegan. Y en el camino también pasan accidentes mortales. Eso te golpea, porque son personas con las que compartiste charlas. Tenés que ser fuerte y decir: a mí no me va a pasar”.

La satisfacción de llegar
Cuando finalmente alcanzó la cima, Marcelo no sintió revancha contra la montaña, sino una profunda relajación. “No es un desafío de decir ‘te gané’. Es una satisfacción personal. Bravo, loco, bravo. Todo lo que hice lo hice bien”, confesó.
Tras once meses de entrenamiento —desde cargar un bidón de 20 litros en los senderos de Mercedes hasta noches de frío extremo en el Champaquí—, la cumbre fue la confirmación de que cada sacrificio había valido la pena.
Orgullo mercedino
Hoy, Marcelo recibe felicitaciones de vecinos y desconocidos. “Nunca lo hice con la intención de que me feliciten. No pedí un mango, no busqué publicidad. Pero me doy cuenta de que fue una causa muy linda que despertó en la gente las ganas de ir al Aconcagua”, contó, dando a conocer esta increíble experiencia personal.


