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El peronismo ante la urgencia colectiva

(Por Juan Martín Andrés) La Argentina asiste hoy a un experimento de disolución social inédito en su historia contemporánea. No se trata de una nueva etapa de crisis a las que el capital financiero nos viene sometiendo periódicamente, sino de un proceso planificado de demolición y reconfiguración del Estado-nación. Bajo la gestión de Javier Milei, el tejido institucional, cultural y material que sostenía la dignidad de las mayorías populares está siendo desmantelado con una saña doctrinaria que excede lo estrictamente económico. En este escenario de desamparo planificado, la sociedad argentina se enfrenta a una pesadilla definitiva y a la orfandad política. Y es precisamente allí donde el peronismo, como movimiento histórico y social, no puede permitirse el lujo de la parálisis o el silencio. Debemos recordar que el peronismo, su doctrina y esencia, se funda en la fraternidad del tejido humano y la soberanía. Eva Perón nos enseñó que el Movimiento Nacional Justicialista es amor por el otro (“La Patria es el otro” diría décadas más tarde Cristina). El peronismo es construcción humana, amor por el pueblo, identidad colectiva y proyecto. Tal y como hoy nos propone Axel Kicillof en este momento de tanta orfandad política e institucional.

Este vacío no es solo la ausencia de una alternativa electoral; es la falta de un horizonte de sentido. Cuando el Estado se retira de la salud, de la educación, de la ciencia y de la protección ciudadana, lo que queda no es la “libertad”, sino la ley de la selva, una precarización social donde los sectores vulnerables son empujados a la invisibilidad y a la indigencia. Frente a este ataque de pinzas contra la idea de Estado-Nación, el peronismo tiene la obligación de ofrecer un refugio y una guía. Dejar huérfano al pueblo en este momento delicado significaría la abdicación de su propia razón de ser, convirtiendo su destino de vanguardia de liberación por el de un mero espectador de la tragedia nacional.

Para evitar este desenlace, el movimiento nacional-popular debe mirarse hacia adentro con una honestidad brutal. La urgencia del debate interno hoy se impone como una necesidad de supervivencia. El peronismo (el de Perón y Evita) hoy está instalado en un peligroso letargo ideológico, infestado de consignas vacías o por la repetición burocrática de glorias pasadas. La reconstrucción del lazo social exige discutir el carácter del Estado que se pretende defender y refundar: ya no alcanza con la mera administración de lo existente –una idea que Néstor supo ampliar hacia la movilidad social ascendente y la consolidación soberana–, sino que se requiere una audaz propuesta de transformación que sintonice con las mutaciones del mundo del trabajo, la tecnología y las subjetividades contemporáneas. El debate debe ser a cielo abierto, federal y profundamente democrático, desterrando el temor a la disidencia interna que solo conduce al dogmatismo. Un debate que debe darse a nivel nacional y en cada distrito electoral de nuestra patria. Incluida nuestra querida ciudad Mercedes.

Creo que es necesario un ejercicio de comparación histórica entre dos lógicas que han tensado la cuerda interna del movimiento: la verticalidad y la transversalidad. La verticalidad, heredada de la matriz fundacional del conductor y la masa estructurada a través de las organizaciones sindicales, funcionó históricamente como un mecanismo de cohesión y efectividad para la lucha frente a los embates de las oligarquías. Garantizaba la unidad orgánica en tiempos de persecución o de refundación doctrinaria. Sin embargo, cuando la verticalidad se vacía de contenido estratégico y se convierte en mera obediencia ciega o en un filtro de lealtades corporativas, asfixia la renovación y aleja a los cuadros intermedios de las bases.

Por el contrario, la transversalidad —un concepto que cobró fuerza a principios de este siglo como respuesta a la fragmentación social post-2001— buscó ampliar los márgenes de la alianza nacional incorporando a sectores de las clases medias progresistas, movimientos sociales, organismos de derechos humanos y expresiones políticas periféricas al PJ tradicional. La transversalidad demostró que el sujeto del peronismo es dinámico y que la acumulación política requiere de una red más que de una pirámide. Y además el peronismo es un Movimiento, no sólo un partido político, y como tal, se mueve, avanza, recula, tropieza, pero al final conquista.

La tarea actual no es elegir una por sobre la otra, sino edificar una síntesis superadora: una organicidad que respete la diversidad y la horizontalidad del debate, pero que conserve la capacidad de conducción y la disciplina estratégica indispensables para ejercer el poder en función del bien común.

Esta síntesis no se construye desde laboratorios metropolitanos, sino desde el barro de las realidades locales, allí donde el impacto del ajuste se mide en comedores comunitarios y persianas de PYMES que se cierran. El peronismo mercedino ofrece en este sentido un laboratorio crucial. En Mercedes, una comunidad con una fuerte tradición de arraigo, producción y vida comunitaria, la necesidad de construir una alternativa visible y renovada para la ciudadanía es un imperativo presente. Los peronistas de Mercedes debemos salir de una sutil zona de confort para levantar un nuevo contrato social que proteja la producción local, a nuestros adultos mayores e infancia. Es decir, que preserve los espacios de contención colectiva frente a la crueldad del modelo macroeconómico nacional. Desde el pago chico se debe demostrar que la gestión de lo público se puede mejorar (incluso cuando venimos de años de una gobernanza histórica por su eficiencia e inclusión social). Los que vengan a partir de ahora deberán articular más finamente las demandas de los trabajadores, los comerciantes y la juventud en un proyecto de resistencia creativa.

Es en esta lógica territorial, desde el tejido bonaerense y municipal, donde emerge la figura de Axel Kicillof como la referencia natural para encabezar la resistencia institucional y proyectar la alternativa presidencial. Su gestión al frente de la provincia de Buenos Aires se ha constituido en el principal dique de contención contra el terrorismo económico de la Casa Rosada. Kicillof encarna la posibilidad de articular esa nueva síntesis. Su postulación a la presidencia no debe ser leída como una mera ambición sectorial, sino como la reactivación de un peronismo que no se resigna a ser el administrador de las migajas del sistema. Un peronismo que aspira a recuperar las riendas del destino nacional para reconstruir el Estado social de derecho.

Si el peronismo posterga su reorganización y se sumerge en disputas estériles de palacio, la sociedad argentina quedará, como sostuve al principio, huérfana de todo: de dirigencia confiable, de Estado regulador y de Estado de derecho, abriendo paso a una prolongada noche de deterioro nacional. La hora actual exige coraje intelectual, generosidad política y la convicción de que el Estado no es un enemigo a destruir, sino la herramienta soberana de los pueblos para realizar la justicia social. Desde cada rincón de la patria, y con la mirada puesta en un horizonte de reconstrucción colectiva, el movimiento debe volver a ponerse en marcha. Y desde Mercedes, yo apoyo esa idea. Siempre lo hice y así seguirá. Sobre todo en esta terrible hora nacional.

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